«Este país no tiene tiempo para tu supuesta cruzada feminista; lárgate». Michael Phelps ha vuelto a desatar una tormenta nacional. La vehemente exigencia de la leyenda de la natación de deportar a Lia Thomas de Estados Unidos ha sumido al mundo de la natación profesional —y a las redes sociales— en el caos.

Durante meses, la presencia de Thomas en las competiciones femeninas de natación ha generado tensiones. Phelps, ahora retirado pero aún muy involucrado en la gestión del deporte, se ha mostrado cada vez más crítico con lo que él denomina la «decadencia moral» de la equidad competitiva en la natación.
En un arrebato sin filtro durante una cena benéfica privada, Phelps supuestamente dijo a sus asociados que “este país no tiene tiempo para experimentos sociales que destruyen la integridad de la competencia”. Los testigos describieron su tono como explosivo, lleno de frustración y convicción.
Horas después, fragmentos de sus declaraciones se viralizaron, apareciendo en foros deportivos y noticieros de todo el mundo. En cuestión de minutos, hashtags como #PhelpsVsThomas y #FairPlayNow se convirtieron en tendencia en todas las principales redes sociales, dividiendo a aficionados y atletas por igual.
Los comentarios de Phelps no tardaron en generar tanto elogios como condenas. Sus partidarios lo aclamaron como un héroe por “defender la equidad biológica”, mientras que sus críticos calificaron sus palabras de odiosas e irresponsables, acusándolo de instrumentalizar la política de género para llamar la atención.
Figuras políticas no tardaron en entrar en la polémica. Varios comentaristas conservadores aplaudieron a Phelps por «defender los valores tradicionales», mientras que grupos de defensa de los derechos LGBTQ+ condenaron la declaración como «un ataque a la dignidad humana». La guerra cultural había encontrado un nuevo campo de batalla: esta vez, en la piscina.
Mientras tanto, Lia Thomas ha guardado silencio. Fuentes cercanas a ella revelaron que estaba “profundamente dolida pero no sorprendida”, tras haber enfrentado años de rechazo desde que rompió barreras como nadadora transgénero a nivel universitario y profesional.

Entre bastidores, la Federación Internacional de Natación (IAF) se apresuró a contener los daños. Documentos internos filtrados a The Athletic sugirieron que las declaraciones de Phelps habían provocado debates urgentes sobre las políticas de diversidad e inclusión de la federación.
Por la mañana, la IAF emitió un comunicado cuidadosamente redactado en el que enfatizaba el compromiso de la organización con el “respeto, la igualdad y la imparcialidad científica en todos los niveles de la competición”. Sin embargo, no hizo ninguna mención directa ni a Phelps ni a Thomas.
Ese silencio no hizo más que alimentar las especulaciones. ¿Apoyaba la federación en privado las opiniones de Phelps o simplemente evitaba otro desastre de relaciones públicas? Los analistas señalaron que el momento elegido —en vísperas de varias renovaciones importantes de patrocinio— hacía que la postura de la organización fuera políticamente delicada.
Phelps, por su parte, no dio muestras de ceder. En una entrevista improvisada a las afueras de un gimnasio de Los Ángeles, declaró a los periodistas: «He dedicado toda mi vida a este deporte. No voy a permitir que se convierta en una broma. Los hechos importan. La biología importa».
El comentario, captado por las cámaras, reavivó la polémica. Los medios de comunicación repitieron las imágenes una y otra vez, analizando cada palabra. De la noche a la mañana, Phelps pasó de héroe nacional a imán de controversias a nivel mundial, con llamamientos tanto al boicot como al apoyo inundando las redes sociales.
Psicólogos deportivos han intervenido, sugiriendo que las declaraciones de Phelps reflejan inquietudes más profundas sobre el cambio de normas en el deporte. «Esto va más allá de la natación», afirmó la Dra. Maria Vance, analista de cultura deportiva. «Se trata de identidad, poder y el miedo al cambio».
Los patrocinadores comenzaron a desvincularse discretamente. Dos marcas de ropa que llevaban tiempo colaborando con Phelps, según se informa, suspendieron la renovación de sus contratos, alegando “políticas de neutralidad de marca”. Su agente declinó hacer comentarios, lo que alimentó aún más las especulaciones sobre las posibles consecuencias financieras.
Aun así, muchos atletas manifestaron su apoyo a su postura. Varias medallistas olímpicas se hicieron eco de las preocupaciones sobre la equidad en las categorías femeninas, insistiendo en que «el diálogo debe continuar, aunque resulte incómodo». Sus palabras no hicieron más que avivar la polémica.
Mientras tanto, los aficionados se volcaron en apoyo de ambos bandos. Se organizaron manifestaciones en las principales ciudades: algunos portaban pancartas con el lema «Protejan el deporte femenino», otros coreaban «Igualdad para todos». La división era total, emocional y, al parecer, insalvable.

Días después, Lia Thomas rompió su silencio con una breve declaración: «Siempre he nadado para inspirar, no para dividir. Seguiré nadando, sin importar quién intente borrarme del mapa». Su serena rebeldía conmovió a millones de personas en todo el mundo.
En respuesta, Phelps publicó un mensaje críptico en sus redes sociales: “La historia decidirá quién tenía razón”. La publicación obtuvo más de 10 millones de reacciones en cuestión de horas, consolidando la historia como uno de los momentos culturales más explosivos del año.
Los expertos creen que la polémica redefinirá la forma en que los organismos rectores gestionan las políticas de inclusión en los próximos años. «Estamos presenciando un momento crucial», afirmó el historiador deportivo Alan Whitmore. «Se trata de redefinir el significado de la justicia en la era moderna».
Mientras los debates se avivan, un hecho permanece: tanto Phelps como Thomas se han convertido, a su pesar, en símbolos de una lucha que trasciende el deporte. Sus nombres ahora cargan con el peso de una discusión global sobre la justicia, la identidad y el verdadero significado de competir.
El ruido no da señales de amainar. Por cada llamado a silenciar a Phelps, surge otro para defenderlo. Por cada mensaje de apoyo a Thomas, miles de voces cuestionan su lugar en el deporte. La división es profunda y no se vislumbra un final.
Aún no se sabe si la Federación Internacional de Natación podrá recomponer la situación. Pero una cosa es segura: el mundo de la natación jamás volverá a ser el mismo. Las repercusiones de este conflicto ya se han extendido mucho más allá de las piscinas, llegando a la política, los medios de comunicación y la cultura misma.
