Dejaré de apoyar e invertir en los Juegos Olímpicos si apoyan la participación de la comunidad LGBT, y exijo equidad en la competición. Esto es deporte, no una plataforma para promover la igualdad de género. Debe garantizar la equidad para todos
Las palabras de James Quincey, director ejecutivo de Coca-Cola, una de las mayores patrocinadoras de los Juegos Olímpicos, han encendido una tormenta de controversia en el mundo del deporte internacional. Pronunciadas el 6 de octubre de 2025, tras enterarse de que las atletas transgénero Lia Thomas y Valentina Petrillo se han inscrito para competir en la categoría femenina de los próximos Juegos Olímpicos de 2028 en Los Ángeles, estas declaraciones representan un desafío directo al Comité Olímpico Internacional (COI) y a sus políticas de inclusión. Quincey, conocido por su defensa de la diversidad en el ámbito corporativo, ha trazado una línea roja: el deporte debe priorizar la equidad por encima de cualquier agenda social. “Hemos invertido millones para promover la excelencia y la justicia, pero esto destruye el espíritu de la competencia limpia”, afirmó en una rueda de prensa improvisada en Atlanta, sede de la multinacional de bebidas.

El contexto de esta explosiva intervención se remonta a años de debates acalorados sobre la participación de atletas transgénero en competiciones femeninas. Lia Thomas, la nadadora estadounidense de 26 años, se convirtió en un símbolo de esta polémica en 2022 al ganar el campeonato nacional de la NCAA en la prueba de 500 yardas libres, convirtiéndose en la primera mujer trans en lograrlo. Su victoria, por un margen de 1,75 segundos sobre la medallista olímpica Emma Weyant, desató protestas masivas y demandas legales. World Aquatics, el organismo rector de la natación, respondió con una prohibición en 2022 que veta a las mujeres trans que hayan pasado por la pubertad masculina de las categorías élite femeninas, creando una división “abierta” para ellas. Thomas demandó esta norma ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), pero en junio de 2024, el tribunal desestimó su caso por falta de legitimación, frustrando sus aspiraciones olímpicas para París 2024.

Sin embargo, el panorama ha cambiado drásticamente en 2025 bajo la segunda administración de Donald Trump. En febrero, el presidente firmó la Orden Ejecutiva 14201, titulada “Mantener a los hombres fuera de los deportes femeninos”, que amenaza con recortar fondos federales a instituciones que permitan la participación de atletas trans en categorías de mujeres. Esta medida impactó directamente a la Universidad de Pensilvania, donde Thomas compitió, obligándola en julio de 2025 a revocar tres récords universitarios establecidos por la nadadora y a emitir una disculpa pública a las atletas cisgénero “perjudicadas”. A pesar de estas barreras, Thomas ha reaparecido en el radar olímpico. Fuentes cercanas al Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos (USOPC) confirman que, tras revisiones internas alineadas con las nuevas directrices federales, Thomas ha sido inscrita provisionalmente para las pruebas clasificatorias de natación femenina rumbo a Los Ángeles 2028. “Cumplo con todas las regulaciones actuales y merezco competir en igualdad de condiciones”, declaró Thomas en una rara declaración en redes sociales, defendiendo su derecho a participar tras años de terapia hormonal que ha reducido sus niveles de testosterona por debajo de los 2,5 nmol/L requeridos por el COI.

Por su parte, Valentina Petrillo, la velocista italiana de 52 años clasificada en la categoría T12 para atletas con discapacidad visual, añade otra capa de complejidad. Diagnosticada con la enfermedad de Stargardt a los 14 años, Petrillo compitió en categorías masculinas hasta 2018, cuando inició su transición de género. En París 2024, se convirtió en la primera atleta trans abiertamente en debutar en los Paralímpicos, avanzando a semifinales en los 400 metros pero sin clasificar a la final, con un tiempo personal de 57,58 segundos. A diferencia de la natación, World Para Athletics permite su participación en femeninas si se reconoce legalmente como mujer, y Petrillo ha ganado medallas en campeonatos mundiales, como el bronce en los 400 metros en 2023. Su inscripción para los Juegos Olímpicos de 2028, en la categoría femenina adaptada, ha sido aprobada por el Comité Paralímpico Internacional (IPC), que enfatiza la inclusión sin evidencia de “ventaja desproporcionada”. “Soy una corredora, no un símbolo político. Mi hijo me ve competir, y eso es lo que importa”, dijo Petrillo en una entrevista con AFP, aludiendo a su rol como padre trans.

La reacción de Quincey no es aislada. Coca-Cola, que invierte anualmente unos 200 millones de dólares en los Juegos, ha sido un pilar del olimpismo desde 1928. Pero el CEO, en un giro inesperado para una empresa que ha impulsado campañas pro-LGBT, argumenta que la inclusión trans erosiona la equidad. “Esto no es sobre discriminación; es sobre biología. Las mujeres han luchado por décadas por espacios seguros en el deporte, y no podemos sacrificar eso por ideología”, sentenció. Sus palabras han viralizado en redes, acumulando millones de interacciones. Apoyos llegan de figuras como Sebastian Coe, presidente de World Athletics y candidato a presidir el COI, quien en febrero de 2025 reiteró que las atletas trans representan “una amenaza para la integridad del deporte femenino”. Atletas cisgénero como Mollie O’Callaghan, campeona olímpica australiana, han sido víctimas de bulos falsos atribuyéndoles críticas a Thomas, lo que Swimming Australia denunció como “noticias falsas” en octubre de 2025.
La respuesta del COI, bajo la presidencia de Kirsty Coventry, ha sido cautelosa pero firme. Horas después de las declaraciones de Quincey, el organismo tuiteó: “Revisaremos las inscripciones de Thomas y Petrillo. Si no cumplen con los criterios de equidad, las descalificaremos”. Este marco, actualizado en 2021 tras consultas con 250 atletas, prioriza la inclusión pero permite exclusiones basadas en evidencia científica de ventajas, no en suposiciones. Estudios como el publicado en el British Journal of Sports Medicine en 2021 concluyen que no hay pruebas concluyentes de ventajas inherentes en mujeres trans post-hormonoterapia, aunque el debate persiste. Críticos como la American Civil Liberties Union (ACLU) llaman a las palabras de Quincey “discriminatorias”, argumentando que “un deporte no es de mujeres si no incluye a todas las mujeres”. En contraste, grupos conservadores celebran su postura como defensa de la “justicia biológica”.
El impacto económico es inminente. Otros patrocinadores, como Visa y Procter & Gamble, han expresado “preocupaciones” en reuniones privadas, según fuentes de Reuters. Si Coca-Cola se retira, podría desencadenar un efecto dominó, amenazando los 1.200 millones de dólares en ingresos por patrocinios para Los Ángeles 2028. Políticamente, la Orden Ejecutiva de Trump ha forzado al USOPC a alinear sus políticas en julio de 2025, prohibiendo efectivamente a mujeres trans competir en femeninas para representar a EE.UU., lo que genera tensiones con el COI. La Corte Suprema de EE.UU. revisará en octubre dos casos sobre prohibiciones estatales, potencialmente escalando el conflicto global.
Mientras tanto, Thomas y Petrillo continúan entrenando. Thomas, ahora estudiante de derecho en Yale, nada diariamente en piscinas universitarias, soñando con romper barreras. Petrillo, en Bolonia, corre con su guía, enfatizando que su desventaja visual y hormonal la hace “menos competitiva, no más”. Sus historias ilustran el dilema: ¿puede el olimpismo ser inclusivo sin comprometer la equidad? Quincey ha puesto el dedo en la llaga, forzando al COI a actuar antes de 2028. Pero en un mundo polarizado, donde la ciencia choca con la ideología, la respuesta definirá el legado de los Juegos. Por ahora, el deporte espera, dividido entre el aplauso y el abucheo.
